La gimnasta del club con un culito perfecto y un coño apetitoso
Ese día en el apartamento de Kenta, la tensión había estado creciendo entre ellos desde hacía semanas: miradas furtivas en los entrenamientos, roces 'accidentales' en los pasillos, suspiros ahogados cuando creían que nadie los veía. Hikaru Minazuki, con su cuerpito esbelto y su culito pequeño pero firme, había logrado ponerlo al borde con solo moverse en esa malla ajustada. Cuando por fin cerraron la puerta, él no perdió el tiempo: la empujó contra la pared, le arrancó el short deportivo de un tirón y hundió la cara entre sus piernas, chupando el coño mojadísimo mientras ella gemía como una perra en celo. Sus piernas musculosas temblaban alrededor de su cabeza, los dedos de Hikaru se enredaban en su pelo negro azabache, exigiendo más. Él no se hizo rogar, la levantó en el aire y la sentó sobre su polla dura hasta sentir cómo su culo perfecto chocaba contra sus caderas. Cada embestida hacía vibrar sus tetitas pequeñas, sus pezones duros como guijarros. En más de 11 minutos de escena, la empotró contra el colchón, el sofá, incluso la acabó contra el espejo del baño, donde el vapor de la ducha los envolvía mientras él la llenaba hasta el cuello del útero. Los gemidos de Hikaru eran música para sus oídos, especialmente cuando llegaron al clímax: él le soltó toda la leche dentro, llenándola mientras ella se retorcía con los ojos en blanco. Al terminar, Kenta solo pudo mirar cómo su propia corrida le resbalaba por los muslos de ella, brillando en su piel blanca de gimnasta. Hikaru, con la respiración entrecortada, sonrió sabiendo que esto no sería la última vez