Polla gruesa de maduro en masturbación vengativa
Mueve la mano con rabia, apretando el tronco grueso mientras la saliva cae al suelo. No es solo placer, es venganza: cada embestida imaginaria es para el ex que lo dejó por otro. Las venas de la verga se marcan como cuerdas, hinchadas de furia y deseo. Los dedos resbalan en la leche que ya brota, pero no se detiene, sigue bombeando como si quisiera borrar el recuerdo de ese cabrón. El gemido se ahoga en la garganta cuando el chorro final salpica el espejo, manchando el vidrio con su marca. Las gotas caen lentas, pegajosas, mientras el cuerpo tiembla de alivio y resentimiento. La toalla que dejó tirada en el suelo aún huele a sudor y semen, prueba de lo que pasó. El espejo sigue empañado, igual que su mente, pero al menos la polla quedó satisfecha.