Amanda Thickk domina a su masajista con su cuerpo de infarto
Esa tarde en el spa, fui yo quien tomó el control, no él. Me recosté en la camilla con mis tetas enormes rebotando con cada movimiento suave de sus manos, pero no por mucho tiempo. 'Quiero tu polla ahora, masajista', le ordené mientras me desabrochaba el sujetador, dejando al descubierto esos melones que tanto le tentaban. Él tragó saliva, obediente, cuando le dije: 'Arrodíllate y chúpame las tetas como un buen sumiso'. Su lengua se movía sobre mis pezones duros, pero yo no iba a dejarlo tan fácil. Lo empujé hasta que su cara quedó enterrada entre mis nalgas, respirando mi aroma entre gemidos. 'Lámeme el coño, pendejo, hazlo bien o te corro a patadas', le susurré mientras agarraba su cabello. Sus dedos se hundían en mi carne mientras su lengua trazaba círculos en mi clítoris, pero yo quería más. Con un movimiento brusco, lo puse de espaldas y monté su polla gruesa, rebotando sobre él hasta que mis tetas golpeaban su cara. '¿Te gusta, perrito?', le pregunté mientras lo cabalgaba, sintiendo cómo su verga entraba hasta el cuello del útero con cada embestida. Él solo podía gemir, mi coño mojado succionando cada centímetro de su carne. Cuando me corrí, fue con un gritazo que retumbó en la habitación, mi jugo chorreando sobre su vientre. Él se vino después, pero eso no importaba, porque esa escena duró más de 12 minutos y él solo era mi juguete.