Chicas con tetas grandes dan mamadas calientes
Esa vecinita de tetas gigantes no podía ni agacharse sin que se le notara el escote apretado contra la blusa transparente, y él no aguantó más cuando la vio inclinarse sobre el mostrador de la gasolinera para alcanzar un paquete de chicles. Con un empujón rápido le arrancó la blusa y le dejó los pezones duros al aire, rosaditos y gorditos como cerezas maduras, mientras ella soltaba un gemido ahogado y le agarraba la polla dura como un fierro por encima del pantalón ajustado. La chica, flaquita pero con curvas de infarto, se arrodilló sobre el suelo de cemento frío sin pensarlo dos veces y se tragó la cabeza de su verga monstruosa hasta que le tocó la garganta, sintiendo cómo los vasos sanguíneos le latían contra los labios mientras él le agarraba el pelo corto y le empotraba la cara contra su pubis peludo. Los jugos de su coño ya le resbalaban por los muslos blancos y pegajosos, mezclándose con el aceite de motor que le chorreaba desde las manos sudorosas del tipo mientras le restregaba la verga contra su mejilla sonrojada, dejando marcas brillantes en su piel fina. Ella no paraba de gemir con la boca llena, los ojos llorosos y los pechos rebotando contra sus muslos cada vez que él le clavaba la polla hasta las pelotas, estirándole los labios con cada embestida salvaje que le llegaba hasta el útero. El sonido de los choques húmedos entre su coño empapado y su miembro grueso llenaba el taller sucio, mezclado con los gritos ahogados de ella cuando por fin le soltó el pelo y le ordenó que se pusiera en cuatro patas sobre el capó del coche, con las tetas colgando como dos sandías maduras listas para ser exprimidas. Él no perdió el tiempo: se embadurnó la verga con el aceite que le quedó en las manos y le metió la cabeza entre las nalgas prietas, lamiéndole el culo hasta que ella se retorcía y le suplicaba que la follara de una vez por todas, con la voz quebrada y los dedos enterrados en el cuero del asiento. Cuando por fin la penetró de un solo empujón brutal, la polla le abrió el coño como si fuera mantequilla, y ella soltó un alarido de placer que le hizo vibrar hasta los huesos mientras él le agarraba las tetas por detrás y le martillaba el culo sin piedad, empapándole la espalda de sudor y semen que le chorreaba por las piernas en hilos espesos. El orgasmo le llegó como un maremoto: primero un espasmo en los muslos que le dejó las rodillas temblorosas, luego un chorro caliente que le llenó el coño hasta rebosar, y por último un gemido gutural que le salió desde lo más hondo cuando él le llenó las tetas de leche blanca mientras le seguía metiendo la verga hasta el fondo, como si no hubiera mañana.