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Chupadas bien profundas con pollas gigantes a morritas

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Estúdio ScottHancock

La morra se arrodilló sin dudar cuando vio esa verga gruesa y palpitante cerca de sus labios carnosos, con la saliva ya asomando en la comisura de su boquita de fresa. El cabrón le agarró la cabeza con fuerza y le clavó la polla hasta la garganta, haciéndola atragantarse con cada empujón mientras sus tetitas pequeñas rebotaban bajo la blusa ajustada. La pobrecilla intentaba respirar entre arcadas, pero el muy animal no le soltaba ni un segundo, metiéndosela cada vez más adentro hasta que le lloraban los ojos de tanto esfuerzo. Ella tragaba con desesperación, sintiendo cómo el glande le rozaba el paladar y le bajaba por el esófago mientras el tipo le gruñía que le chupara bien la leche. Entre gemidos ahogados y babas resbalando por su barbilla, la chica no podía hacer otra cosa que dejar que le empotraran la boca sin piedad, con las mejillas hundidas por la presión de ese palo duro y caliente. El cabrón le escupía en la cara para que todo resbalara mejor y le metía los dedos entre las piernas, comprobando que el coño le chorreaba solo de sentir esa verga cerca. Cuando por fin la sacó un poco, la morra jadeó con la lengua fuera, llena de babas y marcas de dientes, pero el muy cerdo le volvió a meterla hasta el fondo sin avisar. El sonido de los golpes húmedos resonaba en la piscina vacía, mezclado con los gemidos ahogados de ella y los gruñidos de satisfacción del tipo, que no paraba de repetirle lo bien que le tragaba el agujero. La pobre no sabía ni dónde meterse cuando el cabrón por fin se corrió con un rugido, llenándole la boca de leche espesa que ella tragó a duras penas mientras le resbalaba por la barbilla. Después se limpió con el dorso de la mano, con la mirada vidriosa y el maquillaje corrido, pero aún así se dejó caer de rodillas otra vez cuando el tipo le dijo que tenía más para ella. La morra no podía resistirse a esa polla gigante, aunque le dejara la garganta escocida y el coño empapado de tanto deseo. Cada vez que la levantaba para respirar, el cabrón le agarraba el pelo y la volvía a empotrar sin piedad, hasta que al final la pobre no pudo más y se corrió ella también, mojando el suelo con un charco de sus jugos mientras seguía chupando como si no hubiera mañana.

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