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Dos estudiantes virgenes se corren en el aula vacía

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Estúdio Melinamx
Atores Melinamx

Las dos rubias con ojos de hielo se escabulleron del salón antes de que sonara el timbre, pero no fue para fumarse un piti ni para hablar de los exámenes. Entre risitas nerviosas y miradas cómplices, la más altanera le susurró al oído que tenía algo que mostrarle en el aula de química, donde nadie las molestaría. Al cerrar la puerta con llave, la morena de curvas explosivas se quitó la blusa y dejó caer los pechos más grandes que él había visto en su vida, duros como melones y con los pezones ya tiesos de tanto deseo. Él no lo pensó dos veces: se abalanzó sobre ella, amasando esas tetas perfectas mientras le mordisqueaba el cuello hasta hacerla gemir como una perra en celo. La rubia, con su culo redondo apretado en ese tanga de encaje blanco, se arrodilló en el suelo frío y le abrió el pantalón para sacarle una polla gruesa y palpitante que olía a sexo y a sudor. No necesitó decirle nada: se la metió entera en la boca, chupando con avidez hasta que él le agarró la cabeza y empezó a embestirle la garganta como si fuera su coño favorito. Entre jadeos ahogados y babas resbalando por su mandíbula, la rubia no pudo aguantar más y se levantó para apoyar las manos en el escritorio, ofreciéndole ese culo prieto y redondo que pedía a gritos que la empotraran sin piedad. Él no se hizo de rogar: le arrancó el tanga de un tirón, le escupió en el coño bien mojado y la penetró de un solo envite que la dejó sin aliento. Las embestidas eran brutales, cada golpe de cadera hacía temblar el mueble y resonar los gemidos en las paredes, mezclados con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando. La morena se corría cada vez que él le daba en el punto G, gritando obscenidades mientras se agarraba a los bordes del escritorio para no caer redonda. Él, con los huevos bien cargados, la agarró por la cintura y la volteó para clavársela de pie, levantándole una pierna para entrar más profundo y sentir cómo su coño se contraía alrededor de su verga cada vez que llegaba hasta el fondo. Cuando notó que estaba a punto de venirse, la tiró al suelo y se la folló a cuatro patas, agarrándole el pelo para que no se moviera mientras le llenaba el coño de leche espesa hasta que ella no pudo más que dejarse caer, temblando y con las piernas convertidas en gelatina. Él no se corrió dentro: se sacó y le pintó la cara con los chorros gruesos de su corrida, mientras la rubia se lamía los labios y le pedía más con la mirada borracha de lujuria.

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