Hermana putita se deja devorar el coño caliente
La muy zorra llevaba días provocándome con esos shorts ajustados que le marcaban el culo prieto mientras se agachaba a recoger cosas del suelo... Cada vez que se inclinaba, sus tetas enormes rebotaban y yo no podía evitar que se me fuera la cabeza imaginando cómo sería hundirle los dedos en ese coño empapado que tanto me tentaba. Esta noche no iba a aguantar más, así que la agarré de la cintura cuando pasó frente a mí y le susurré al oído lo puta que estaba por dejarme chuparle ese coño que ya olía a miel y a pecado. Ella se rio con esa sonrisa de perra en celo y me dejó caer sobre el sofá antes de quitarse el tanga negro con un solo tirón, dejando al descubierto unos labios rosados que brillaban bajo la luz tenue del salón. Sin perder tiempo, enterré la cara entre sus muslos y empecé a lamerle ese clítoris hinchado que no paraba de gemir, mientras ella se agarraba a mi pelo y me apretaba la cabeza contra su carne palpitante. La muy cerda no tardó en empezar a mover las caderas como una loca, su coño chorreando sobre mi lengua mientras yo le metía dos dedos hasta el fondo y le retorcía el clítoris con la otra mano. 'Más duro, cabrón', me ordenó con voz ronca, y yo obedecí sin dudar, empalándola contra mi boca hasta que sus jugos me resbalaban por la barbilla y sus muslos temblaban sin control. Cuando ya no pudo aguantar más, se corrió gritando mi nombre, su coño apretándome los dedos como un tornillo mientras todo su cuerpo se sacudía en un orgasmo brutal que la dejó temblando y con las bragas completamente empapadas. La miré con una sonrisa de satisfacción mientras se limpiaba los restos de mi saliva de sus tetas sudorosas y me dijo, con esa voz que me vuelve loco: 'Ahora te toca a ti, hermanastro... pero esta vez quiero que me empales bien fuerte'.