Juego de venganza con juguetes y sumisa humillada
La habitación estaba iluminada por una luz tenue que proyectaba sombras en las paredes mientras mi polla ya palpitaba de anticipación. Ella, con las piernas abiertas sobre la cama, tenía el culo enrojecido de las nalgadas que le di antes, y el coño brillando de lo mojada que estaba, no por placer, sino por el rencor que cargaba contra su ex. Sabía que esto era mi venganza por haberla visto follar con otro hombre, y ahora la iba a hacer pagar cada gemido que le arrancó a ese bastardo. Le clavé el dildo de golpe, sin piedad, sintiendo cómo su carne se resistía antes de ceder, y ella ahogó un grito entre dientes mientras las caderas le temblaban. No iba a dejar ni un agujero de su cuerpo sin penetrar, así que le metí el consolador hasta las pelotas mientras le palmoteaba las tetas con la otra mano, escuchando sus sollozos ahogados cada vez que empujaba más fuerte. La humillación le ardía en la piel tanto como mis dedos cuando le apreté los pezones, retorciéndolos hasta que la puta gimió más fuerte, ya sin poder ocultar que le gustaba ser mi juguete. Le di la vuelta para empotrarla desde atrás, sintiendo cómo mi polla se deslizaba entre sus nalgas resbaladizas, y le escupí en el culo antes de hundirme hasta que el ano le cosquilleó con el grosor. La sujeté de las caderas y le clavé un dedo en el coño mientras le follaba el culo, sintiendo cómo los músculos se le contraían alrededor de mi verga, y ella empezó a gritar como una perra en celo, pero no por placer, sino porque esto era exactamente lo que merecía. Cuando me corrí, le dejé el semen goteando entre los muslos, y vi cómo las marcas rojas de mis dedos le quedaban grabadas en la piel. La pequeña mancha de mi leche en la alfombra cerca de la cama era el único recordatorio de que esto no había sido un sueño, sino mi dulce venganza.