La hijastra se corre chorreada por el viejo
Desde que el viejo entró a vivir con ellos la casa se llenó de miradas que ardían como brasas, sobre todo cuando la morrita se ponía esos shorts cortísimos para lavar los trastos. Hoy no aguantó más, lo agarró de la camisa sudada y lo arrastró hasta su cuarto donde ya estaba la cama hecha un desastre de sábanas sucias y olor a descontrol. Él, con esa verga gruesa que le colgaba sobre los huevos pesados, ni siquiera tuvo que hablarle: ella se arrodilló en el suelo frío, le abrió la bragueta de un tirón y se tragó su tronco hasta que le tocó la campanilla, ahogándose con los primeros chorros de saliva que le escupió en la punta morada. Cada vez que la punta le rozaba el fondo de la garganta, ella gemía con los ojos llorosos y las tetas enormes temblando como gelatina, apretando sus pezones duros contra el sostén de encaje que ya le estaba ahogando la carne. Él la levantó como si no pesara nada, la tiró boca abajo sobre el colchón y le arrancó el short de un tirón, dejando al descubierto ese culito prieto y redondo que se le movía como gelatina cada vez que él le daba un cachetazo fuerte en la nalga izquierda. Le escupió en el coño ya empapado, le metió dos dedos gruesos y le retorció el clítoris hasta que ella empezó a gritar con voz de puta desesperada, rogándole que no parara mientras él le embestía el coño con saña, haciéndole botar las tetas contra el colchón sucio. Cuando sintió que el viejo le metía la verga hasta el útero, ella se corrió con un espasmo brutal, empapando las sábanas con un flujo espeso que le resbalaba por los muslos mientras él le gruñía al oído que era solo suya, que nadie más podría satisfacerla así. La embistió hasta que no aguantó más, le clavó la verga hasta las bolas y se corrió dentro de ella a chorros calientes, llenándole el vientre de leche espesa mientras ella seguía gimiendo y apretando las piernas para no perder ni una gota de esa crema que le quemaba por dentro.