La vecina en silla de ruedas gime fuerte con mi polla
La vecina japonesa del apartamento de al lado siempre me miraba con esos ojos de puta cada vez que pasaba por el pasillo en bata. Un día, cuando la vi sentada en su silla de ruedas con esa blusa ajustada que le marcaba las tetas grandes, no pude resistir. Me acerqué y le dije que necesitaba ayuda con algo, pero en realidad solo quería verla de cerca. Ella se mordió el labio y me hizo pasar, y en cuanto cerré la puerta, sus manos ya estaban en mi cinturón. Mi polla estaba dura como una roca, y ella la sacó con avidez, chupándola con esos labios carnosos mientras gemía. La levanté de la silla y la empotré contra la pared, metiéndole los dedos en el coño bien mojado antes de clavársela hasta el fondo. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran y sus gritos llenaran el apartamento. Cuando le di la vuelta y la tomé por detrás, sus nalgas perfectas se apretaban contra mí mientras la follaba sin piedad. La puta no paraba de gemir, pidiéndome que se la metiera más fuerte, y cuando por fin me corrí dentro de ella, su coño se contrajo alrededor de mi verga como si no quisiera soltarla. Quedamos los dos jadeando, sudados y satisfechos, con su cuerpo temblando bajo el mío.