Monja pecadora recibe leche en la boca llena de tetas
Llevaba el hábito apretado que le marcaba cada curva de esas tetas gigantes que tanto le gustaba manosear, pero hoy la monjita no rezaba por las almas... estaba más que dispuesta a que le llenaran el coño de polla hasta que se le olvidara hasta cómo se llamaba. El muy cabrón de Rasputín no perdió ni un segundo cuando la vio arrodillada en el confesionario, con el culo bien alto y ese escote que le llegaba casi al ombligo, mostrando unos pezones duros como piedras que le pedían a gritos que se los mordiera. Levantó la falda del hábito y le metió los dedos bien mojados entre los labios del coño, sintiendo cómo la monja gemía como una puta sin remedio mientras se los chupaba sin pudor, tragándose cada gemido que se le escapaba. Él no aguantó más y le bajó los pantalones del hábito hasta las rodillas, dejando al descubierto un culo redondo y prieto que palpitaba de ganas, listo para recibir esa verga gruesa que ya le goteaba pre por toda la raja. La empotró contra el banco de madera del confesionario con un empujón que hizo crujir la madera vieja, y ella soltó un gritito agudo mientras él le clavaba la polla hasta el fondo, sintiendo cómo el coño le apretaba cada centímetro como si no quisiera soltarlo nunca. Las embestidas eran brutales, con cada golpe seco le hacía rebotar las tetas enormes contra el pecho del muy animal, que no paraba de gruñir mientras le decía lo buena que estaba para que se la metiera hasta el fondo. Ella no podía más, el coño le ardía de tanto follar y los gemidos se le mezclaban con el sonido de los azotes que le daba en el culo cada vez que la embestía con fuerza, hasta que por fin no pudo aguantarse y le gritó que quería su leche en la boca, que se corriera dentro de ella para ahogarla en su propio orgasmo. Él no se lo pensó dos veces y le sacó la polla chorreante de entre las piernas, apuntando directo a esa boquita que se abría como una flor ansiosa, con la lengua fuera y los ojos brillantes de deseo. La corrida fue intensa, gruesos chorros de leche caliente le cayeron en la cara, los labios y hasta el pelo, mientras ella se lo tragaba todo sin dejar ni una gota, lamiéndose los restos que le quedaban en las comisuras de la boca con una sonrisa de puta satisfecha. El hábitos quedó completamente manchado de sudor, leche y sus propios fluidos, pero a ninguno de los dos les importó ni un carajo mientras se desplomaban sobre el suelo del confesionario, exhaustos y jadeando como bestias después de tanto follón.