Mujer caliente hace yoga en casa con cliente cachondo
Desde que abrió la puerta con ese short ajustado y esa camiseta que se le pegaba al coño mojado, él supo que esta sesión de yoga no iba a ser como las demás. La profesora de yoga, con el culo prieto marcado bajo la tela transparente, se agachó para estirar las piernas y él no pudo evitar clavar los ojos en cómo le brillaban los labios de abajo entre los muslos. Cuando le pidió que se quitara la parte de arriba para respirar mejor, su polla ya le dolía dentro del pantalón al ver esos pechos firmes saltando cada vez que ella movía las caderas al compás de la respiración. Ella, que no era ninguna santa y sí una puta bien dispuesta, le guiñó un ojo antes de tumbarse en el tapete boca abajo y decirle con voz de miel envenenada: «Toca donde te apetezca, pero no me rompas los huesos». Él no necesitó más invitación: le arrancó el short de un tirón y le abrió las nalgas para lamerle el culo desde el pliegue hasta el coño chorreante, haciendo que ella gimiera como una perra en celo mientras se retorcía de placer. La embistió contra el suelo con la polla bien dura, empalándola sin piedad mientras le mordisqueaba el hombro y le susurraba obscenidades al oído: «Este coño está hecho para que te lo folle sin parar, puta». Ella respondió clavándole las uñas en la espalda y pidiéndole a gritos que la llenara hasta que no cupiera ni una gota más, mientras su cuerpo se sacudía con cada embestida salvaje. Cuando por fin se corrió, su leche caliente le quemó las entrañas a ella, que se dejó caer sobre el tapete, jadeando y con las piernas temblorosas, mientras él le susurraba al oído: «La próxima vez trae más aceite… y menos ropa».