Rissa May domina a Clarke Kent con sexo brutal
Desde que empezó a grabar, él no podía creer que una diosa como Rissa May se fijara en él, un simple mortal de polla gruesa y venas marcadas. Al principio solo le miraba con esos ojos verdes que le quemaban la entrepierna, mordisqueando el borde de su labial rojo mientras se quitaba el sujetador negro dejando al descubierto unos pechos duros y puntiagudos que suplicaban por ser lamidos. Ella le agarró del pelo y le empujó contra el sofá de cuero negro, donde el olor a sudor y lubricante ya impregnaba el aire, mientras él gemía como un animal al sentir sus uñas afiladas rasgando la tela de su camisa hasta arrancársela de un tirón. Rissa se subió encima de él con esa sonrisa perversa que solo tienen las putas que saben que van a destrozar a un hombre, y antes de que pudiera reaccionar, ya le tenía la polla en la boca chupando con tanta fuerza que los huevos le temblaban de anticipación. Clarke no aguantó ni un segundo más y la agarró de las caderas para clavársela por detrás, sintiendo cómo su coño estrecho y empapado se abría para recibir cada embestida brutal que le dejaba sin aliento. Los azotes resonaban en la habitación cada vez que ella le empujaba contra el borde del sofá, haciendo que los muslos le ardieran y la espalda le escociera por el roce con los botones de cuero. Ella le ordenaba que le metiera los dedos mientras le escupía obscenidades al oído, diciéndole que era su puta personal y que no tenía derecho a correrse hasta que ella lo permitiera. Clarke, con los ojos inyectados en sangre y la boca abierta en un grito mudo, solo podía obedecer, sintiendo cómo el calor húmedo de su coño le ahogaba la polla mientras ella le montaba como una amazona salvaje, apretando los muslos alrededor de su cintura para que no pudiera escapar. Cuando por fin le dejó soltar su leche dentro de ella sin avisar, Rissa se dejó caer sobre su pecho, jadeando como una perra en celo, mientras los hilos de semen le resbalaban por las piernas y el esperma le goteaba del coño mojado sobre el cuero del sofá. Él quedó tumbado, exhausto y con la polla flácida entre las piernas, mientras ella se reía y le lamía los labios con su lengua bífida, dejando claro que esa no sería la última vez que le usara como juguete personal.