Rubia exhibicionista se deja ver las tetas en el bosque
Llevaba días buscando el momento perfecto para que la descubrieran, esa rubia de piel pálida y curvas torcidas no podía aguantar más las ganas de que alguna le viera las tetas duras y el piercing del pezón brillando bajo el sol. Se quitó la falda ajustada con un movimiento rápido y dejó al descubierto su coño depilado y húmedo mientras se acariciaba los muslos, sabiendo que en cualquier instante alguna se acercaría a mirarla con la boca abierta. Una chica de pelo oscuro que pasaba por allí no pudo evitar quedarse boquiabierta al verla masturbándose con los dedos metidos hasta el fondo, gimiendo tan fuerte que el eco se perdía entre los árboles. La rubia le guiñó un ojo, se quitó la blusa sin pudor y dejó que sus pechos pequeños pero firmes se balancearan mientras se lamía los labios con descaro, invitándola a que se acercara a chupárselos. La otra no lo pensó dos veces, se abalanzó sobre ella y le arrancó el sujetador de encaje, dejando al descubierto los pezones perforados que se endurecieron al instante bajo sus dedos voraces. Ambas se dejaron caer sobre la hierba mojada, una sobre la otra, mientras las hojas crujían bajo sus cuerpos sudorosos y los gemidos se mezclaban con el canto de los pájaros. La rubia le mordió el cuello a la morena, le bajó los pantalones y le metió dos dedos en el coño empapado mientras le susurraba al oído lo puta que estaba por dejar que la descubrieran así, exhibiéndose como una zorra en celo. La morena no pudo aguantar más, le agarró la cabeza y le clavó la polla dura en la boca, obligándola a tragársela hasta la garganta mientras la rubia le escupía saliva en los pechos y le pellizcaba los pezones con saña. Los dos coños chorreaban de excitación, los muslos temblorosos y los gemidos ahogados en la garganta, hasta que la rubia se corrió con un espasmo violento que le hizo arquear la espalda y soltar un grito que debió escucharse en todo el bosque. La morena no tardó en correrse también, empapándole la cara con su leche mientras la rubia le lamía los labios con ansias, disfrutando del sabor salado de su corrida y de saber que acababan de vivir el exhibicionismo más caliente que jamás olvidarían.