Abuelito jubilado se corre una leche espesa en febrero
El viejo James lleva días sin poder sacarse de la cabeza la imagen de su vecina Marisol cuando se agachó a recoger su ropa del tendedero, ese culo redondo que se le marcó con el sol entre las bragas blancas de encaje. Hoy se masturbó pensando en eso hasta que su verga, gruesa y venosa con la cabeza morada y brillante por el prepucio corrido, quedó tan dura que dolía al agarrarla. Con los huevos bien cargados, llenos de esperma espeso y amarillento, se sentó en su butaca favorita a ver cómo la punta se le humedecía con cada caricia brusca de sus dedos arrugados, la piel de la verga tirante y el glande palpitando como un corazón. Gemía bajito, con la boca entreabierta y los labios resecos, mientras se imaginaba metiéndosela a su nuera sin que ella se diera cuenta, pero lo que más le excitaba era el sonido húmedo de su propia mano deslizándose sobre la carne inflamada. Escupió en la palma para que resbalara mejor y aceleró el ritmo hasta que la primera gota de leche espesa le brotó del agujero del capullo, gruesa como miel derramada, y le resbaló por el tronco hasta enredarse en los pelitos grises de los huevos que le colgaban pesados. La polla le latía como una bestia viva y no pudo aguantar más: con un gruñido ronco se corrió en gruesos chorros blancos que le salpicaron el vientre flácido y le dejaron marcas pegajosas desde el ombligo hasta el pecho peludo. Se quedó jadeando, con los huevos vacíos y la verga aún temblorosa, mientras la leche le goteaba entre los dedos y le manchaba las piernas de anciano. No importaba que el calendario marcara febrero frío y gris, porque él ya había vivido su propio verano caliente entre sus propias manos.