Azafata cachonda acepta revisión anal salvaje
La rubia con curvas de infarto llevaba días coqueteando con el controlador del aeropuerto, mordiéndose el labio cada vez que él le sonreía al pasar por seguridad. Esta vez no pudo resistirse cuando la arrinconó en el almacén de maletas con ese culito prieto que se le marcaba bajo el uniforme ajustado. Le pidió que se agachara sobre la mesa de inspección mientras le susurraba al oído lo mucho que le gustaba hurgar en sitios prohibidos, y ella, con la entrepierna ya empapada, no dudó en bajarse las medias hasta los tobillos. Él le metió los dedos entre las nalgas para probar su humedad antes de sacarse la polla gruesa y palpitante, tan dura que parecía a punto de reventar, y le untó el prepucio en el coño para que se acostumbrara a la invasión. La azafata gimió cuando el primer embiste le abrió el culo como si fuera mantequilla, emitiendo un sonido húmedo y obsceno con cada estocada brutal mientras él le agarraba las tetas enormes y se las apretaba contra la mesa. El sonido de los cuerpos chocando resonaba en el almacén junto a los jadeos entrecortados de ella, que no paraba de gemir que le encantaba que la tratara como a una puta cualquiera, sin importarle que cualquier compañero pudiera escucharla. Él le metió dos dedos en la boca para que se los chupara mientras le embestía el culo sin piedad, sintiendo cómo el anillo de músculo se resistía antes de ceder ante la invasión implacable. Cuando notó que ella empezaba a temblar, aceleró el ritmo hasta que la tuvo gritando que se corría, con los muslos temblorosos y el coño chorreando por el morbo de ser usada en un sitio público. Justo cuando ella se dejaba caer exhausta sobre la mesa, él se sacó la polla del culo lleno de babas y le disparó la corrida en la espalda, gruñendo como un animal mientras el semen le resbalaba por la columna hasta empapar su uniforme. La mirada pícara de ambos al terminar dejó claro que esta no sería la última vez que se colaran en el almacén a por más.