Enfermera masajea polla del paciente hasta correrse
La enfermera nueva no podía creer que le tocaran esas tetas tan prietas al chaval de dieciocho que llegó con el coño empapado después de una noche de borrachera. Le dijo con voz de puta que le iba a hacer un masaje relajante mientras le untaba el gel frío por toda la polla flácida, pero él se la empezó a poner dura en segundos al sentir sus dedos expertos acunando los huevos. Ella se puso los guantes de látex con cara de viciosa y le susurró al oído que se relajara, que eso era solo para aliviarle el estrés, pero en el fondo sabía que iba a ser una follada de traca. Le masajeó la polla palmo a palmo, desde la raiz hasta la punta, apretando bien el prepucio y haciendo que el chaval gemiera como un cerdo en matadero, con los muslos temblando y la espalda arqueada en la camilla. El lubricante resbalaba entre sus dedos mientras le frotaba el glande con movimientos circulares, y él se corría a chorros sobre su vientre blanco, dejando manchas blancas como leche derramada que ella se relamió con la lengua ansiosa. La enfermera no se conformó con eso: le ordenó que se agachara y le metió la polla hasta la garganta, ahogándose con los huevos en la boca mientras el chico se corría otra vez, esta vez con la leche escupiendo por todas partes y manchándole hasta las gafas. Cuando terminó, él quedó tirado en la silla con la polla empapada en saliva y semen, jadeando como un perro después de correr, mientras ella se limpiaba los labios con el dorso de la mano y le guiñaba un ojo con cara de perra satisfecha.