Este tío se corre solo sin dramas ni compromisos
El cabrón se baja el pantalón sin prisa, saca esa polla gruesa y brillante que lleva horas palpitando bajo el bóxer ajustado, y se la agarra con los dedos llenos de venas marcadas mientras gruñe al sentir el primer contacto de su propia mano caliente. Cada tirón rápido le arranca un gemido ahogado, los huevos le pesan como piedras y la punta se le pone morada de tanto deseo retenido, como si su cuerpo ya supiera que no va a aguantar ni un minuto más sin desahogarse. Se inclina hacia atrás en el sillón, los pies bien apoyados en el suelo, y se masturba con movimientos circulares en la cabeza hinchada mientras aprieta los dientes para no gritar como un animal en celo, porque sabe que en su casa no hay nadie que le escuche pero igual le da vergüenza que los vecinos le oigan sudar la gota gorda. La leche le sube por el tronco como lava, los abdominales se le contraen y los muslos le tiemblan de la tensión acumulada, así que acelera el ritmo, friccionando con fuerza hasta que la punta le escuece de lo sensible que está. Un chorro grueso y espeso le sale disparado por el aire, le salpica el pecho y el vientre mientras suelta un gruñido animal, otro más corto, y después otro, hasta que le queda todo el torso pegajoso y brillante de semen caliente que resbala por su piel como si fuera aceite. Se queda jadeando, con la polla aún dura pero palpitante, los dedos pegajosos y el aliento cortado, maldiciendo en voz baja porque sabe que en cinco minutos volverá a excitarse solo con recordar lo bien que se sintió al correrse sin ataduras, sin dramas, sin que nadie le exija nada después. Los huevos le laten con fuerza, la cabeza le da vueltas de placer puro y por un segundo piensa en lo fácil que es la vida cuando no tienes que aguantar a una puta que te chupa el dinero ni firmar papeles que te arruinan la vida por años. Se limpia con la camiseta arrugada que tiene tirada en el suelo, se sube el pantalón sin abrochar del todo y se queda mirando su reflejo en el espejo empañado, con una sonrisa de satisfacción que le cruza la cara de oreja a oreja mientras se ajusta los huevos, todavía pesados y sensibles, como recordatorio de que a veces la mejor polla es la que no te exige nada a cambio.