La rival juega sucio y se deja azotar con lencería
Esa maldita morena de culo prieto y cintura estrecha no podía verla ni en pintura, pero cuando se enteró de que su rival en el juego de piedra papel o tijera llevaba esos tacones altísimos y ese tanga negro de encaje que se le hundía entre las nalgas redondas, no pudo evitar que su coño se le mojara al instante. La muy zorrita se pavoneaba delante de ella con esa actitud de puta dominante, moviendo las caderas de lado a lado para que el culo le temblara como gelatina mientras se quitaba la blusa dejando al descubierto unas tetas grandes y duras que saltaban con cada movimiento brusco. 'Vamos, cobarde, a que no me ganas', le susurró al oído con voz de puta caliente mientras le agarraba el pelo para acercarla y hundirle la lengua en la boca, saboreando ese labial rojo que le manchaba los labios carnosos. La morena de piel dorada le dio un azote fuerte en el culo con la mano abierta, haciendo que el sonido resonara en el cuarto como un latigazo, y ella gimió con un quejido agudo mientras los jugos le resbalaban por los muslos. 'Esto es por ser una tramposa', le escupió mientras le arrancaba el tanga de un tirón y le dejaba el culo al aire, pálido y perfecto, con un ligero rubor que delataba lo cachonda que estaba. La morena se inclinó sobre la cama, apoyando las manos en el colchón mientras levantaba el culo bien alto, rogando en silencio que le metiera los dedos para aliviar la presión que le quemaba entre las piernas. 'Puta, te encanta humillarte, ¿verdad?', le gruñó mientras le separaba las nalgas con las manos y le escupía directamente en el coño empapado, sintiendo cómo los jugos le resbalaban por los muslos hasta gotear al suelo. Le dio una palmada seca en el culo que le dejó la marca roja de la mano, y ella soltó un gritito de dolor mezclado con placer mientras se retorcía, pidiendo más a gritos sin atreverse a decirlo. La morena no pudo aguantar más y se lanzó sobre ella, empotrándola contra el colchón con fuerza mientras le mordisqueaba el cuello y le metía dos dedos bien adentro, haciendo que el coño le latiera como loco y los jugos le salpicaran las sábanas. 'Te voy a hacer correrte hasta que no puedas caminar', le prometió entre gemidos, mientras le clavaba la polla con cada embestida, sintiendo cómo su coño apretaba alrededor como un puño hambriento. Los gritos se mezclaban con los golpes de piel contra piel, el sonido de los tacones golpeando el suelo y los gemidos ahogados en la almohada, hasta que finalmente la morena se dejó caer sobre ella, temblando de placer con la polla enterrada hasta las bolas mientras los espasmos del orgasmo le recorrían el cuerpo de arriba abajo.