Madrastra cachonda se humedece con olor a bragas
Desde que entró a su cuarto con esas bragas diminutas de encaje que le marcaban el coño al caminar, él no pudo sacarle los ojos de encima ni un segundo. La tela olía a sudor caliente y a lubricante natural, un aroma que le erizó la piel y le hizo la polla tan dura que parecía a punto de reventar el pantalón. Con disimulo, se acercó por detrás mientras ella se agachaba a recoger algo del suelo, aprovechando para aspirar ese perfume intenso que le nubló la mente. La muy puta notó su aliento cerca de su trasero y, en vez de apartarse, se quedó quieta, contoneando el culo con descaro para que él sintiera cómo el coño le chorreaba por dentro. Él no aguantó más y, con un gemido ahogado, le arrancó las bragas de un tirón, dejando al descubierto unos labios hinchados y brillantes por la excitación. Ella soltó un gritito de sorpresa mezclado con placer cuando él se abalanzó sobre ella, mordisqueándole el cuello mientras le metía los dedos entre las piernas, sintiendo cómo el coño le latía con desesperación. La tumbó sobre la cama boca abajo y, sin preámbulos, le empotró la polla hasta el fondo, haciendo que los muelles de la cama crujieran con cada embestida salvaje. Ella gritaba como una posesa, arañando las sábanas mientras él le agarraba las tetas firmes y le metía la lengua en la boca, saboreando el sabor salado de su sudor. Cada vez que la embestía, su culo rebotaba contra su vientre, y los sonidos húmedos de su coño empapado llenaban la habitación, mezclados con los gruñidos bestiales que salían de su garganta. No pasó mucho antes de que él sintiera cómo se le nublaba la vista y, con un rugido, le llenó el coño de leche espesa, dejándola temblorosa y completamente empapada entre las piernas. Cuando por fin se separaron, ella se quedó tirada en la cama, jadeando, con las piernas abiertas y los muslos cubiertos de su propia corrida, mientras él se limpiaba la polla manchada con un suspiro de satisfacción.