Mía gime sin control mientras la domino a mi antojo
Mía está temblando antes de que siquiera la toques, sus muñecas ya atadas a la cabecera con un lazo de seda roja, los muslos brillantes de tanto humedad que rezuma entre sus labios. Le susurras al oído que hoy no habrá piedad, que cada gemido suyo será un regalo para ti, y ella asiente con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior mientras su pecho sube y baja acelerado. La obligas a abrir las piernas de un tirón, admirando cómo su coño se abre como una flor mojada, los pliegues rosados palpitando de necesidad. La humillas todavía más, ordenándole que no se corra sin permiso, que solo puede gemir cuando tú lo mandes, y ella asiente con un sollozo ahogado, los dedos de los pies curvándose de anticipación. Te inclinas y le muerdes el pezón hasta que grita, sintiendo cómo su piel se pone de gallina bajo tu lengua. Sin avisar, le metes dos dedos de golpe, hundiéndolos hasta que sus caderas saltan de la cama, y ella grita tu nombre como una plegaria. La follas con los dedos primero, entrando y saliendo con fuerza mientras sus muslos tiemblan, hasta que te aburres y decides cambiar de estrategia. La pones a cuatro patas, abofeteando sus nalgas hasta que quedan enrojecidas, y entonces la empotras de un solo empujón, sintiendo cómo su carne se estremece alrededor de tu polla. La embistes sin parar, escuchando el choque de carne contra carne, el sonido de sus gemidos cada vez más desesperados. Cada vez que intenta correrse, le das un azote más fuerte, ordenándole que se aguante, y ella llora de frustración, suplicando permiso mientras su cuerpo se retuerce bajo el tuyo. Cuando por fin la dejas ir, se corre como un torrente, gritando sin control, y lo único en lo que piensa es en lo bien que se siente ser tuya, completamente dominada.