Padrastro la llena de leche en sesiones de cría
Ella siempre tuvo ese aire de putita sumisa que a él le ponía los huevos duros como piedra desde que la vio por primera vez con ese shorts ajustado que le marcaba todo el culo prieto. Esa noche en la cocina, después de unos tragos de más, él le agarró la nuca con fuerza y le escupió en la boca un sabor a tabaco y whisky mientras le susurraba al oído que ya no aguantaba más las ganas de empotrarle ese coño estrecho que tanto fantaseaba. Ella gimió con la lengua fuera, chupando los dedos de él como si fueran su propia polla, mientras él le arrancaba la blusa dejando al descubierto unas tetas redondas y firmes que le cabían perfectas en las manos. Con un empujón la tiró contra la mesa de madera, le bajó el pantalón de pijama hasta los tobillos y le metió los dedos para comprobar lo mojada que estaba, resbaladiza como miel caliente entre sus pliegues. Sin avisar, le clavó la verga hasta el fondo, arrancándole un alarido que resonó en toda la casa mientras sus tetas botaban con cada embestida brutal que le dejaba el culo marcado con las huellas de sus dedos. Ella se agarraba a la mesa con las uñas, gimiendo que la dejara correrse ya, que quería sentirlo disparar dentro de su matriz como un animal en celo. Él, sudando y con los músculos tensos como cuerdas, le agarró las caderas y la embistió con saña, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de su polla en espasmos que lo volvían loco, hasta que un rugido gutural le escapó de la garganta y le llenó el vientre de leche espesa mientras ella se corría gritando su nombre con los ojos desorbitados. Cuando la polla se le salió chorreando, ella se desplomó sobre la mesa, jadeando, con las piernas temblorosas y el coño goteando leche mezclada con sus jugos, mientras él le pasaba la mano por el culo enrojecido y le susurra que no había terminado con ella. Todavía quedaban noches enteras para seguir follando a esa hijastra que ya no era ninguna niña, sino una puta dispuesta a todo por sentir su leche dentro.