Despertar salvaje con riesgo de ser pillados
La luz del amanecer se filtra por las cortinas entreabiertas, iluminando el sudor que brilla en sus cuerpos entrelazados. Ella se muerde el labio mientras él le clava los dedos en las caderas, empujando con fuerza contra su coño mojado. Las sábanas están revueltas, el sonido de la carne chocando contra carne llena la habitación, pero afuera, el ruido de la calle recuerda que en cualquier momento alguien podría entrar. Él le tapa la boca con una mano para ahogar sus gemidos, pero ella muerde sus dedos, desesperada por gritar. Sus tetas rebotan con cada embestida, los pezones duros como piedras, y él se inclina para chuparlos, saboreando el sudor salado. Ella escucha pasos en el pasillo y se tensa, pero él solo empuja más fuerte, sus bolas golpeando contra su culo con cada movimiento. El riesgo de ser descubiertos los excita más, sus cuerpos se mueven en sincronía, sudorosos y frenéticos. Ella siente cómo su polla la llena hasta las pelotas, cada penetración más profunda que la anterior. Sus muslos tiemblan, sus uñas se clavan en su espalda, dejando marcas rojas que él disfruta. Él gruñe en su oído, advirtiéndole que no haga ruido, pero ella no puede contenerse, sus gemidos ahogados en su mano. El orgasmo la recorre como un rayo, su coño se aprieta alrededor de su verga, ordeñándolo hasta que él también se corre, llenándola con su leche caliente. El momento se congela, sus cuerpos temblorosos, el sonido de sus respiraciones agitadas llenando el silencio. Afuera, una puerta se cierra de golpe, pero ya es demasiado tarde, solo quedan los ecos de su placer prohibido.