Chica anime follada con polla gigante en el tren
La pobre cría de uniforme escolar no pudo resistirse cuando él le agarró el muslo bajo la falda plisada y le susurró al oído que no chillara mientras le metía los dedos por entre las bragas ya empapadas. Ella intentó zafarse al principio, pero al sentir cómo le resbalaba la leche condensada por el labio inferior mientras le lamía el cuello sudoroso, se le escapó un gemido ahogado y el coño le ardió como si estuviera ardiendo por dentro. Él no perdió ni un segundo en bajarse la cremallera del pantalón de esos malditos trajes de cuero negro que tanto le ponían, sacó esa verga gruesa y venosa que le hacía babear solo de verla y sin más preámbulos la clavó contra el asiento del tren, partiéndole el culo en dos con una embestida que le hizo gritar como una puta sin control. Las otras pasajeras, demasiado ocupadas con sus móviles para ver cómo esa mocosa de coleta se dejaba empotrar como una cualquiera, ni se dieron cuenta de que entre sus muslos blancos ya corría un reguero de sus jugos mezclados con el lubricante barato que él le escupió en la entrada del coño antes de meterle hasta las pelotas. Cada vez que la embestía, la falda se le subía más hasta dejar al descubierto el tanga de encaje rasgado que ya no servía ni para tapar su conejera palpitante, y el sonido húmedo de los azotes contra su carne sonaba más fuerte que los pitidos del tren al frenar. Ella intentó morderse el antebrazo para no delatarla, pero cuando él le agarró los pechos por encima de la blusa y se los apretó hasta hacerle daño, un orgasmo brutal le recorrió la espalda como un rayo y le hizo correrse por toda la polla, dejando su culo y los muslos pegajosos de leche espesa. Él no se aguantó más y le llenó las entrañas con un chorro tras otro de su semen caliente, mientras ella se retorcía entre sus brazos, temblando, con los ojos vidriosos y las piernas temblorosas que apenas podían sostenerla en pie. Cuando por fin la soltó, la chica se desplomó contra el cristal empañado del vagón, con la blusa manchada de saliva y el coño goteando por todos lados, mientras él se guardaba la polla aún chorreante y se aseguraba de que nadie los hubiera visto por la ventanilla. Pero da igual, porque cuando ella se recompuso y se ajustó el uniforme destrozado, ya sabía que volvería a buscarle en el próximo vagón para que le hiciera lo mismo, pero esta vez sin tanta ropa en medio.