Chico musculoso empotra a su pareja en el bosque
El musculoso rubio llevaba días provocando a su compañero con miradas de deseo mientras troteaban por la senda del bosque, pero hoy no pudo resistirse más y lo arrinconó contra un árbol para darle lo que llevaba meses imaginando. Con las manos sudorosas sobre su pecho firme, le bajó el short ajustado hasta los muslos y se encontró con una verga palpitante que ya goteaba pre-semen, lista para ser devorada. Sin perder tiempo, se arrodilló en el suelo húmedo y le lamió el rabo de arriba abajo, disfrutando del sabor salado y del gemido ronco que escapó de su garganta al sentir esa lengua caliente envolviendo su grueso tronco. El moreno, más delgado pero con un culo prieto que pedía a gritos ser destrozado, le agarró la cabeza con fuerza y lo empujó hasta que la polla le llegó al fondo de la garganta, ahogando un suspiro mientras sus caderas comenzaban a moverse sin control. El rubio, con la polla ya dura como piedra, lo giró de espaldas y le escupió en el culo, frotando su glande por el agujero virgen antes de empujar con un solo envite que lo dejó sin aliento, sintiendo cómo el chico se clavaba en su interior hasta que sus bolas golpearon contra esa carne temblorosa. Las embestidas eran brutales, con cada golpe resonando entre los árboles mientras los dos se fundían en un baile de sudor y piel, las gotas cayendo sobre sus cuerpos como si el bosque mismo los estuviera observando y aprobando cada gemido que escapaba de sus bocas entrecortadas. El moreno, con las piernas temblorosas, le suplicó que lo llenara hasta que no cupiera ni una gota más, y el rubio, con los músculos tensos y la respiración entrecortada, aceleró el ritmo hasta que sintió cómo su verga se hinchaba dentro de ese culo estrecho que lo apretaba como un puño. El orgasmo los alcanzó al mismo tiempo, con el rubio enterrando la polla hasta las pelotas mientras descargaba su leche hirviendo en lo más profundo de su compañero, que se corrió sobre el suelo del bosque con los dedos clavados en la tierra, dejando una mancha blanca que poco a poco se mezcló con el barro mientras ambos caían jadeantes sobre la hierba, exhaustos y satisfechos bajo el sol de la tarde.