Chupada salvaje deja culo baboso y listo para empotrar
El musculoso brasileño llegó sudando como un animal después de su entrenamiento, con los abdominales marcados y cada gota de sudor resbalando por su piel bronceada. Al verlo así, con esa polla dura como un palo y esos tatuajes que se movían con cada respiración, no pude evitar arrodillarme frente a él y empezar a lamerle el glande con la lengua bien afuera. Primero le pasé la punta por los labios, mojándolos con mi saliva espesa mientras él gemía y agarraba mi cabeza con fuerza, empujando mi boca contra su verga palpitante. Cada embestida me ahogaba un poco más, pero me encantaba sentir cómo se le ponía la piel de gallina cuando le chupaba las bolas bien apretadas y jugaba con el perineo con la yema de los dedos. El olor a sexo y sudor inundaba el ambiente mientras él se corría en mi garganta, escupiendo chorros calientes que me llenaban la boca hasta rebosar. Cuando por fin se sacó la polla de mi boca, toda babosa y brillante, me dio la vuelta contra la pared y me agarró del culo con esas manos llenas de fuerza, separándome las nalgas con los dedos para dejar mi agujero bien abierto y glistoso. La primera embestida fue brutal, metiéndome hasta los huevos sin piedad mientras yo gritaba y clavaba las uñas en la madera, sintiendo cómo su verga abría mi culo como si fuera mantequilla. Cada golpe me dejaba sin aire, con el cuerpo temblando de placer y el culo bien empapado en mi propio flujo, listo para recibir más y más. Él no paraba, empotrandome con un ritmo animal, gruñendo como un oso cada vez que sus pelotas golpeaban contra mi piel mojada. Cuando por fin se vino dentro de mí, sentí cada chorro de leche caliente llenándome hasta el fondo, gimiendo como una puta en celo mientras mis piernas se convertían en gelatina. Al terminar, quedamos tirados en el suelo, jadeando y sudando como dos salvajes después de una noche de puro desenfreno, con las sábanas llenas de babas y semen que brillaban bajo la luz del atardecer.