Compañeros de piso enloquecen al invitado navideño
Llevaban días coqueteando con él en el sofá, pero esa noche de Nochebuena la tensión explotó cuando el pequeño rubio se quitó la camiseta sudada frente a ellos. Los dos musculosos se miraron con una sonrisa pícara antes de agarrarlo por los brazos y empujarlo contra el árbol de Navidad, arrancándole los pantalones de chándal mientras le susurraban al oído lo bueno que estaba para comérselo vivo. Uno le sujetó las muñecas contra el tronco del árbol mientras el otro se arrodilló delante, lamiéndole toda la verga de arriba abajo con lengua experta, haciendo que el invitado gemiera y se le escapara un hilillo de saliva mientras intentaba no correrse antes de tiempo. El que estaba detrás no pudo resistirse más y le escupió en el culo, metiéndole dos dedos para abrirlo bien antes de empalmarse y clavarle la polla de una sola estocada, arrancándole un grito ahogado que resonó entre los adornos navideños. El otro se acercó y le metió su gruesa verga en la boca, ahogándolo con sus embestidas profundas mientras el invitado sentía cómo el primero le embestía el culo sin piedad, golpeándole las bolas contra el perineo cada vez que se hundía hasta el fondo. Los tres empezaron a moverse al mismo ritmo, sudando, resbalando, gimiendo como animales en celo, con la música navideña de fondo ahogando los sonidos obscenos de piel contra piel. Cuando el rubio sintió que ambos le llenaban por completo, el placer fue tan intenso que sus piernas temblaron y se corrió a chorros entre los dos, empapando el pecho del que le chupaba la polla mientras el otro le llenaba el culo hasta el fondo con su leche hirviendo. Los tres se quedaron jadeando, pegados, con los cuerpos temblorosos y las respiraciones entrecortadas, sabiendo que aquella noche de Navidad quedaría grabada para siempre entre los mejores recuerdos del rubio.