Explorando el desierto con una morra cachonda y bien mojada
La rubia de tetas grandes y culo prieto no paraba de restregarse contra él cada vez que el mapa mostraba un nuevo objetivo, los pezones duros asomando bajo la tela del top ajustado que apenas le tapaba el coño. Con los pantalones rotos y el culo al aire, la morra se agachó para recoger un botiquín y él no pudo evitar clavarle la vista en el tajo brillante que se le escapaba por los lados del tanga sucio, oliendo a sudor y a leche de entre sus piernas. Ella notó su mirada, se giró con una sonrisa pícara y le soltó un '¿qué miras, guarro?' mientras se mordía el labio inferior, pero sin apartarse ni un centímetro de su polla dura que le rozaba la cadera al caminar. Él le agarró el pelo con fuerza y la empujó contra la pared del búnker en ruinas, arrancándole el tanga de un tirón antes de enterrarle la lengua en la boca mientras sus dedos se hundían en el coño empapado que ya goteaba por los muslos. 'Me vas a romper el culo, cabrón', jadeó ella entre gemidos cuando él la levantó en volandas y le clavó la polla hasta el fondo sin piedad, las tetas rebotando contra su pecho mientras el polvo del desierto se le metía en los ojos y en la garganta. Cada embestida le arrancaba un grito ahogado, los muslos temblando alrededor de su cintura mientras él le chupaba los pezones duros como piedras y le azotaba el culo con la mano libre, dejándole marcas rojas que se mezclaban con el sudor. 'Así, así, métemela más adentro', suplicó ella con la voz ronca, los dedos enredados en las sábanas sucias del refugio, mientras él la empotraba contra el suelo de cemento, el sonido de los cuerpos chocando mezclado con los gruñidos de él y los chillidos de ella que rebotaban en las paredes. Cuando sintió que se le tensaban los huevos, sacó la polla chorreante y le escupió un chorro grueso de leche en la cara, cubriéndole los labios, la nariz y hasta las pestañas antes de correrse sobre sus tetas, dejando hilos blancos que resbalaban por sus curvas mientras ella se lamía los restos de la corrida del cuello y se reía con la voz quebrada. Él le limpió el coño con la lengua, lamiendo cada gota de su propio jugo mezclado con los jugos de ella, mientras sus dedos seguían metiéndole dentro, ordeñándole los últimos espasmos de placer hasta que la morra se derrumbó sobre el colchón mugriento, exhausta y con las piernas llenas de moretones de tanto agarre.