Francis Simas se deja empalar contra la ventana mientras su marido mira
—Dile a tu puto esposo qué caliente me tiene— le susurré al oído mientras le partía el culo contra el vidrio, sintiendo cómo mi verga negra se hundía hasta las pelotas en su chocho mojado. Francis Simas se retorcía de placer, con los muslos temblando cada vez que le clavaba mi polla hasta hacerle tocar el cuello del útero. Sabía que su marido estaba abajo, en la portería, escuchando los gemidos mientras otro hombre le robaba lo que él no podía darle. Por eso la había elegido: para vengarme de esos tipos que creen que pueden controlar a una mujer como ella. Cada embestida era un castigo, cada gemido suyo una victoria. Le agarraba las tetas mientras la penetraba, sintiendo cómo sus pezones duros rozaban mis dedos. —¿Te gusta que te rompa así?— le pregunté, sabiendo que su esposo no la cogía como yo, con esa furia, con esa polla monstruosa que la dejaba temblando. No solo era el tamaño, era el desprecio, la humillación de saber que su cornudo no podía hacer nada. En más de 11 minutos, la doblé en todas las posiciones posibles, disfrutando cómo su culo perfecto rebotaba contra mis caderas. Cuando por fin me corrí, llenándola hasta rebosar, Francis Simas solo pensaba en lo patético que era su marido al no poder darle lo que ella necesitaba.