Hermana menor se corre a polazos del hermanastro
Llevaba días sintiendo sus miradas mientras me cambiaba frente a la ventana y hoy no pudo resistirse. Desde que el muy cabrón entró al baño sin avisar, supe que la cosa iba a terminar así: su polla dura empujando contra mi tanga empapado mientras me susurraba al oído lo cachonda que me veía. Me agarró del pelo y me arrastró hasta el suelo, empujando su verga entre mis labios sin piedad hasta que mis ojos se llenaron de lágrimas, pero eso solo lo excitó más. Con un gruñido animal, me dio la vuelta como si no pesara nada y me empaló contra el colchón, sus pelotas golpeando mi culo mientras sus dedos se clavaban en mis caderas. Cada embestida me dejaba sin aire, su grueso tronco abriéndome por completo y arrancándome gemidos que resonaban en toda la casa. Me tapé la boca con la almohada pero él me la arrancó de un tirón, ordenándome que gritara más fuerte, que todos supieran lo que me hacía. La saliva se me escurría por la barbilla mientras me comía el coño por detrás, su lengua lamiendo mi clítoris hinchado como si fuera lo último que haría en la vida. Cuando sentí su leche caliente llenándome hasta rebosar, me corrí tan fuerte que mis piernas temblaron y un líquido espeso resbaló por mis muslos, manchando las sábanas de un blanco pegajoso. Quedé hecha un trapo, con el culo rojo y la polla aún palpitando dentro de mí, sudando y jadeando como una puta bien follada. El muy hijueputa me miró con esa sonrisa de superioridad mientras se limpiaba el semen que se le escapaba de la verga, dejándome claro que esto no iba a ser la última vez.