Hermanastra me trincó y me metió la polla hasta el fondo
Llevaba días notando cómo me miraba cuando creía que no la veía, sus ojos brillantes recorriendo mi cuerpo como si fuera un trozo de carne jugosa. Esa noche, tras unos tragos de más en la fiesta familiar, entró sigilosamente en mi cuarto con un vestido que apenas le tapaba el culo prieto y redondo. Me empujó contra la pared, me bajó el pantalón en un segundo y antes de que pudiera reaccionar ya tenía su coño empapado frotándose contra mi polla dura como una barra de acero. No me dejó ni pensar cuando se agachó para chupármela un par de veces, sus labios carnosos y húmedos envolviéndome como una vagina caliente mientras gemía con la voz ronca. Pero lo que vino después fue peor: me obligó a ponerme de rodillas y me empotró por detrás como una bestia, su culo grandote y firme rebotando contra mi pelvis mientras sus tetas pesadas se movían al ritmo salvaje. Cada embestida me dejaba sin aliento, su coño apretado tragándose hasta la mitad de mi verga sin piedad, mientras sus gritos de puta caliente llenaban la habitación. Sentí cómo se le escapaba el jugo por las piernas, su coño chorreante resbalando por mis pelotas mientras yo le drenaba toda la leche espesa hasta dejarla temblando con mi corrida gorda y caliente. Cuando por fin se desplomó sobre la cama, su culo marcado con mis dedos y su espalda sudada pegada a las sábanas, supe que esa noche me había convertido en su putita personal para siempre.