La culona se dejó empotrar duro en el culo sin parar
Esa morra tenía el culo más jugoso que había visto nunca, redondo y palpitante, y desde que la vi entrenando en el gimnasio con esos leggings ajustados no pude sacármela de la cabeza. Hoy decidió que en vez de mover las pesas iba a mover el culo de otra forma, y yo no iba a desaprovechar la oportunidad. Cuando la pillé en el vestuario después del entrenamiento, con el coño chorreando y los pezones duros como piedras, no me lo pensé dos veces: la agarré de la cadera, le metí los dedos en el coño para sentir lo mojada que estaba y le escupí en el culo para prepararlo. Ella gimió como una perra en celo y arqueó la espalda ofreciéndome toda esa carne prieta que le temblaba con cada movimiento. La primera embestida fue brutal, la polla se le enterró hasta los huevos y le vi los ojos llorosos mientras le agarraba los pechos por detrás, apretando esos pezones que ya le goteaban leche. No hubo piedad: la empotré contra la pared del vestuario, le levanté una pierna para clavarle la verga más hondo y cada golpe resonaba en el eco del local vacío. El culo le rebotaba como gelatina, la carne vibraba con cada envite y el sonido de los choques era obsceno mezclado con sus gemidos ahogados en la toalla que se mordía para no gritar. Le saqué la polla un segundo para que respirara, pero solo un segundo, porque ella misma se dio la vuelta y se sentó encima de mí en el banco de pesas, cabalgándome con esa nalga enorme rebotando sobre mi regazo mientras me clavaba las uñas en los hombros. La sentí apretarme el glande con el culo, ordeñándome sin piedad, y supe que no aguantaría mucho. Cuando por fin le solté la leche bien caliente dentro del culito, ella se corrió al mismo tiempo, el coño le chorrea un río de babas mientras se desploma sobre mi pecho jadeando como una loca. La dejé ahí, con el culo lleno, la respiración entrecortada y ese brillo de satisfacción en los ojos que solo tienen las putas después de que les destrocen el cuerpo a gusto.