La casera se corre follando al dueño en el jardín
La Karen de turno llegó con la excusa de cobrar el alquiler, pero su mirada de perra en celo y esos taconazos clavándose en el césped delataron sus intenciones desde el primer momento. Él, con la polla ya dura como un palo al verla lamerse los labios mientras le enseñaba esos pechos enormes bajo una blusa transparente, no pudo resistirse ni un segundo más. Ella se agachó de golpe y se tragó su verga hasta la garganta, chupando con tanta fuerza que la punta le rozó el fondo de la boca mientras él le agarraba el pelo con las dos manos y le empotraba la cara contra su entrepierna. Sin avisar, la levantó del suelo, le arrancó el tanga con un tirón y la empaló contra el tronco del árbol más cercano, sintiendo cómo su coño chorreante se ceñía a su polla como un guante mojado. Entre gritos y maldiciones, ella le montó a horcajadas, clavándole las uñas en la espalda mientras él le llenaba el culo con los dedos para que no se le escapara ni un gemido. Cuando él le pidió que se pusiera a cuatro patas sobre la mesa de jardín, ella no dudó ni un segundo: se dejó follar con tanta rabia que hasta el vecino de enfrente dejó de podar el seto para mirar. La Karen se corrió gritando como una posesa, con los muslos temblorosos y el coño empapado, pero él no se conformó con una sola vez: la volteó boca arriba y le metió la verga hasta el útero mientras su amiga, que había llegado sin avisar, se arrodilló para lamerle los huevos y los labios hinchados de ella. Entre embestidas profundas y lametones húmedos, los tres se corrieron en cadena, dejando el jardín hecho un desastre de ropa interior rasgada, leche derramada y jadeos que duraron hasta el amanecer.