La casera se masturba con el gerente mientras mi marido mira
El local del karaoke ya casi vacío, la rubia del mostrador le guiñó un ojo al gerente cuando él pasó a limpiar la barra con ese delantal ajustado que marcaba su culo prieto... mi marido, borracho de cerveza y de celos, no podía apartar la mirada mientras ella se bajaba los leggings negros y se frotaba el coño depilado con los dedos brillantes de lubricante. El gerente, con la polla dura bajo el pantalón de vestir, se acercó sin prisa para ver mejor cómo sus dedos jugaban con su entrada mojada, cómo gemía bajito mientras se mordía el labio inferior hasta dejarlo rojo. Sin mediar palabra, él le agarró la muñeca y se la llevó a la boca para chuparle los dedos uno por uno, saboreando su propio sudor mezclado con el perfume a vainilla que ella usaba. Ella, sin pensarlo dos veces, le desabrochó el cinturón y sacó esa verga gruesa y venosa que le hizo babear solo de imaginársela dentro, empalándose en ella de una vez sin preámbulos. La barra de madera crujió bajo sus cuerpos cuando él la levantó en volandas, apoyando su culo redondo contra el mostrador para clavársela hasta el fondo, haciendo que sus tetas rebotaran con cada embestida profunda y que sus gemidos resonaran en las paredes vacías del local. Mi marido, desde su silla, se masturbaba sin poder creer lo que veía, mientras ella gritaba que no parara, que le llenara el coño hasta ahogarse en leche caliente. El gerente, sudando como un animal, aceleró el ritmo hasta que su polla gruesa y palpitante se enterró hasta los huevos, descargando una fuente espesa que le resbaló por los muslos hasta gotear en el suelo de baldosas. Ella, exhausta y con las piernas temblorosas, se limpió el coño goteante con un trapo mientras mi marido, con la cara roja de vergüenza y excitación, no pudo evitar correrse en sus propios pantalones al verla tan puta y necesitada.