Musulmana alaba la polla enorme de su amante
Ada no podía creer que Ah-Laong le hubiera metido esa verga tan gruesa y pesada entre sus labios rojos sin avisar, pero en cuanto sintió el primer sabor salado en su lengua, supo que no había vuelta atrás. El aroma a almizcle y sexo barato inundó su nariz mientras le agarraba el tronco con ambas manos, sintiendo cómo los músculos del muslo se le tensaban bajo los dedos pegajosos de sudor. Le encantaba que ese cabrón le agarrara la nuca con fuerza y le empotrara la polla hasta el fondo de la garganta, ahogándola en un mar de babas espesas que le resbalaban por la barbilla. Cada jadeo suyo salía ahogado, mezclado con los gemidos roncos que le arrancaba al pobre tipo, que no podía evitar soltar tacos en cantonés mientras le clavaba los dedos en las caderas. Ada se tragó hasta la última gota de leche espesa que le escupió en la boca, dejando que le resbalara por las tetas redondas y duras que le temblaban con cada embestida brusca. Él le pasó los dedos por el coño empapado antes de darle la vuelta y clavársela por detrás, sintiendo cómo su culo prieto se abría como una flor mojada bajo el peso de ese tronco monstruoso. Los gritos de ella resonaban en las paredes del cuarto, mezclados con el sonido húmedo de los choques de carne contra carne, hasta que al final ambos se dejaron caer sobre la cama, exhaustos y cubiertos de un sudor pegajoso que les hacía brillar la piel bajo la luz tenue de la lámpara. Ada le susurró al oído que nunca había probado algo tan bueno, mientras le lamía el glande aún palpitante con lengua traviesa, saboreando los restos de su corrida caliente que le quedaban pegados en los labios.