Nayi se entrega al padrasto con su verga monstruosa
Esa tarde en el sofá, con la luz tenue y el silencio cómplice, supe que cruzaba una línea. Nayi, con su cuerpito pequeño y ese culo redondo que me volvía loco, se arrodilló frente a mí sin decir nada. Mi polla ya estaba dura como roca cuando ella, con esos labios carnosos, empezó a chupar despacio, mirándome con ojos de puta sumisa. Sabía que esto estaba mal, pero no podía parar. La tomé del pelo y le metí la verga hasta las pelotas, sintiendo cómo su garganta se ajustaba a mi grosor. Ella gemía ahogada, con lágrimas en los ojos, pero no se quejó. Luego la puse a cuatro patas, le abrí el culo con mis manos y la empotré de una estocada, escuchando cómo su coño mojado chasqueaba con cada embestida. La follé contra el sofá, contra la pared, hasta que sus piernas temblaban y suplicaba que me corriera dentro. Cuando al fin lo hice, llenándola hasta el fondo, ella solo pensaba en lo prohibido que era esto... y en que quería repetirlo.