Pamela Sagaz me recibió con sus tetas monstruosas y me dejó sin palabras
‘¿Te gusta lo que ves, cariño?’ me dijo Pamela Sagaz con esa voz ronca mientras se ajustaba el sostén para que sus tetas naturales rebosaran. Yo no podía creer lo que tenía frente a mí: unos melones perfectos, pesados, con pezones rosados que se endurecían al mirarme. Me acerqué sin pensarlo, agarré uno con fuerza y sentí cómo su piel suave cedía bajo mis dedos. Ella gimió, arqueando la espalda, y eso me volvió loco. Le bajé el sostén de un tirón y empecé a chuparle los pezones, mordisqueándolos hasta que se retorcía. ‘Más fuerte, cabrón’, me exigió, y obedecí, hundiendo la cara entre sus tetas mientras mi polla ya estaba dura como piedra. La empujé contra la pared y le levanté la falda, descubriendo que no llevaba nada debajo. ‘Mojada desde que me viste, ¿eh?’ le solté, metiendo dos dedos de golpe en su coño caliente. Ella gritó, pero no de dolor, sino de placer, y eso me encendió aún más. La cargué y la senté en la mesa, separándole las piernas para ver cómo brillaba su coño rosado, hinchado y listo para mí. Sin perder tiempo, le clavé mi polla hasta las pelotas, sintiendo cómo sus paredes apretadas me envolvían. ‘¡Sí, así, llena de verga!’ gritó, y yo la embestí una y otra vez, escuchando el sonido de la carne chocando contra carne. En más de 10 minutos de escena, la hice correrse tres veces, cada vez más fuerte, hasta que sus tetas temblaban con cada gemido. ‘No pares, no pares’, suplicó, y yo no tenía intención de hacerlo. Cuando por fin me vine, lo hice dentro de ella, llenándola hasta que su coño rebosó. ‘¿Te gustó, perra?’ le pregunté, limpiándome la boca con una sonrisa. ‘Más de lo que imaginaste’, respondió, jadeando, y yo supe que esto no había terminado.