Vecina con medias blancas se deja empotrar con saña
La muy putita llegó con ese vestido de seda que le marcaba el culo prieto y unas medias blancas que le apretaban los muslos hasta hacerle temblar, solo faltaba que alguien le arrancara la ropa para que se le viera el coño bien empapado. Él no pudo resistirse cuando le vio los pies desnudos moviéndose nerviosos sobre el parqué y le agarró el pelo de un tirón para besarla con la boca llena de saliva mientras le sobaba los pechos por encima del vestido que ya se le pegaba al cuerpo sudado. Ella gimió con voz de pájaro mojado al sentir cómo la polla le resbalaba entre las nalgas, gorda y caliente como un hierro candente, y se dejó caer de espaldas sobre el sofá sin soltar ni un segundo las medias blancas que se le clavaban en la piel como si fueran a romperse de un momento a otro. Él le arrancó el tanga de un tirón y le metió dos dedos gruesos mientras le mordía el labio inferior hasta hacerle soltar un quejido ahogado, pero cuando le empujó la cabeza hacia abajo para que se tragara toda su verga hasta la garganta ella ya no pudo aguantarse más y empezó a chupársela como una loca, con la lengua enroscada alrededor del glande mientras las medias blancas se le arrugaban por el esfuerzo. La empotró contra la pared con los muslos temblorosos, le subió el vestido hasta la cintura y le clavó la polla hasta el fondo mientras ella le arañaba la espalda y le suplicaba que no parara, que la llenara por completo porque el coño le ardía como nunca. Cada embestida le arrancaba un gemido profundo desde el pecho, los pezones duros como piedras le rozaban el pecho y las medias blancas se le deslizaban hacia abajo dejando al descubierto unos muslos blancos y perfectos que él agarraba con fuerza para empujarla aún más contra la pared. Cuando sintió que el coño se le contraía como un puño alrededor de su verga supo que estaba a punto de correrse, así que la giró boca abajo sobre el sofá, le levantó el culo redondo y se lo empaló hasta el fondo sin piedad mientras ella gritaba con la cara hundida en los cojines empapados en sudor. La polla le palpitaba dentro como un martillo, los muslos le temblaban de placer y las medias blancas, ya rotas por las rodillas, le colgaban como jirones mientras él le descargaba toda su leche caliente dentro, llenándole el coño de un golpe hasta que se le escapó un hilo espeso por las piernas al correrse. Ella quedó tirada sobre el sofá, con el vestido arrugado alrededor de la cintura y las medias blancas convertidas en un trapo sucio, mientras él se retiraba con la polla chorreando y le dejaba caer un último chorro de semen sobre el culo antes de dejarla ahí, completamente rendida y satisfecha.