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Vieja rica empotrada sin piedad en el bosque

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Aquella cabaña solitaria en medio del bosque nunca le había parecido tan tentadora como cuando él la vio por primera vez con aquel vestido ajustado que le marcaba cada curva del culo maduro y le dejaba los pechos rebotando al caminar. El viejo le había ofrecido un té caliente mientras sus dedos jugaban con el borde de su falda, rozándole sin prisa el muslo hasta que ella soltó un gemido ahogado y se dejó caer sobre el sofá de piel gastada. Sin perder ni un segundo, él le arrancó la blusa con los dientes mientras sus manos gruesas le apretaban los pezones duros como piedras, haciéndola arquear la espalda con un grito de placer que resonó entre los árboles. Ella, con la respiración entrecortada, le agarró la polla por encima del pantalón y notó cómo ardía bajo su tacto, palpitando como si llevara horas esperando ese momento. Con un empujón brutal la tumbó boca abajo sobre la mesa de madera, le bajó el tanga de un tirón y le escupió en el coño empapado antes de clavársela hasta el fondo sin aviso, arrancándole un aullido de sorpresa mezclado con puro éxtasis. Cada embestida profunda le hacía vibrar el culo redondo mientras él le mordía el cuello y le susurraba obscenidades al oído, llamándola puta caliente y ordenándole que se corriera sobre su verga sin piedad. Los gemidos de ella se volvieron desesperados, mezclados con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, el sudor resbalando por su espalda y el olor a sexo crudo llenando el aire frío de la cabaña. No pasó mucho hasta que ella sintió el primer espasmo del orgasmo recorriendo su bajo vientre, apretando la polla dentro de su coño como un tornillo mientras él gruñía y se vaciaba a chorros, llenándola de leche caliente que se le escapaba por las piernas temblorosas. Cuando por fin se derrumbó sobre su espalda sudada, ella solo pudo susurrar un «más» ronco, con los ojos vidriosos de lujuria, mientras él se reía y le prometía que esa noche no sería la última vez que la empotraría sin compasión.

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