Hermanastro me empotra duro hasta correrme
Desde que llegó a vivir con ellos, no podía sacármelo de la cabeza cada vez que pasaba junto a mi cuarto con esos jeans ajustados que le marcaban el bulto de la polla. Hoy, después de que mi madre se fuera al supermercado, no aguanté más y lo arrastré hasta mi habitación entre susurros y miradas de complicidad. En cuanto cerré la puerta con llave, él me empujó contra la pared, me quitó el pantalón con un tirón brusco y me bajó las bragas para dejar mi coño bien mojado al aire. Su verga ya estaba dura como una piedra, palpitando contra mi muslo mientras me susurraba al oído que llevaba días soñando con esto. Me giré en cuatro patas sobre la cama, arqueando la espalda para ofrecerle el culo más apretado y le pedí a gritos que me empotrara sin piedad, que me llenara hasta hacerme gritar. Él no necesitó más invitaciones: me agarró de las caderas con fuerza, me abrió el culo con sus dedos para lubricar mi entrada y, con un empujón brutal, me clavó su polla hasta el fondo en menos de un segundo. El sonido húmedo de mi coño tragarse su verga resonaba en la habitación junto a mis gemidos agudos, que se mezclaban con los gruñidos graves que soltaba él cada vez que me embestía hasta el fondo, haciendo que mis tetas rebotaran sin control. Sentía cada vena de su miembro rozarme por dentro, cada embestida me dejaba sin aliento y me hacía arañar las sábanas mientras imploraba que no parara. Él me agarraba del pelo para obligarme a arquearme más, para que sintiera cómo su gruesa polla me abría por completo, estirando mis paredes hasta el límite. Cada vez que me llenaba de lleno, un chorro caliente de mi excitación me resbalaba por los muslos, mojando las sábanas, mientras mis jugos se escapaban sin control por la intensidad del sexo. Cuando ya no pudo aguantar más, sacó su verga chorreante de mi coño y me ordenó que me arrodillara para chupársela hasta dejarla limpia, tragándome cada gota de su leche espesa que me llenaba la boca sin dejar ni una gota. Al terminar, me dejó tirada sobre la cama, con las piernas temblorosas y el coño palpitando, sintiendo aún cómo su semen me goteaba entre las nalgas mientras me mordía el labio inferior para no gritar de nuevo.