Kenpo ardiente entre cuerpos sudados y gemidos ahogados
La tensión se cortaba con un cuchillo cada vez que se cruzaban en el dojo, pero esta vez no hubo testigos. Las manos de él ya no eran solo para bloquear golpes, sino para apretar ese culo firme mientras lo empujaba contra la pared, los gemidos ahogados por un beso brusco. El pequeño locker al fondo era su único refugio, las piernas temblorosas al escucharse pasos afuera, los dedos temblando al abrir el cinturón de la parte superior. La polla gruesa ya no podía esperar, deslizándose entre nalgas sudadas con un gemido que se convirtió en un gruñido cuando la punta rozó el agujero apretado. La respiración se entrecortaba, los oídos atentos a cualquier sonido extraño, los cuerpos pegados para amortiguar los golpes cuando lo penetró de una estocada, los dedos marcando moretones en los muslos al sujetarlo con fuerza. Cada empujón era un riesgo, cada gemido un peligro, la una excitación aumentando al escuchar voces cerca, el coño mojado frotándose contra la pierna para aliviar un poco la tensión. Las embestidas se volvieron más desesperadas, más profundas, hasta que el cuerpo entero de él se tensó y la corrida caliente llenó el interior con un gruñido sordo. Se quedaron quietos, sudados y jadeantes, escuchando con atención, hasta que los pasos se alejaron y pudo retirarse con un suspiro. La próxima vez será en el estacionamiento, donde el riesgo de ser descubiertos será aún mayor.