La excitación familiar es un vicio que no perdona
Nunca imaginé que la vecina Casca Akashova guardaba tanto resentimiento bajo ese vestido ajustado. Cada vez que su exmarido mencionaba a su nueva pareja, ella se mordía el labio y apretaba los muslos, como si algo dentro de ella ardiera en silencio. Aquella tarde, cuando Eddie Dean llegó a arreglar la piscina, notó cómo Casca lo miraba con unos ojos que no pedían permiso: quería venganza en forma de polla dura. Sin decir una palabra, lo llevó al dormitorio, donde su culo redondo y sus tetas firmes ya brillaban de sudor. Le arrancó el pantalón de una patada y se montó sobre su verga como si fuera un caballo salvaje, gimiendo cada vez que el miembro le rozaba el cuello del útero. Eddie no pudo resistirse a ese ritmo frenético, agarrándole las caderas para clavársela hasta que los gemidos de Casca se volvieron gritos. Cuando por fin se corrió, manchando su vientre con leche espesa, ella sonrió con malicia: «La próxima vez, traeré a Julianna Vega para que vea cómo me follan mejor que a ella».