Masaje con dedo que me hizo gemir fuerte
"¿Crees que solo un dedo puede hacerme perder el control?" me preguntó Hank con esa sonrisa que siempre me pone los pelos de punta. Yo, Lucy, la que siempre se cree la más dura, le dije que no había manera. Pero ese masaje con dedo empezó suave, sus manos grandes recorriendo mi espalda hasta que su pulgar se deslizó entre mis nalgas. "Vamos a ver quién aguanta más", susurré, pero mi coño ya estaba mojado antes de que su dedo rozara mi entrada. Él lo sabía, el muy cabrón, y empezó a presionar en círculos lentos mientras yo intentaba no gemir. "No es justo, usas tu experiencia de viejo", protesté, pero mi voz sonó más como un quejido cuando su dedo se hundió hasta el nudillo. Me retorcí en la camilla, las sábanas arrugándose bajo mis muslos mientras él aumentaba el ritmo, su pulgar grueso estirándome de una manera que mi novio nunca se atrevería. "¿Sigues diciendo que no puedes con un dedo?", me provocó, y yo, en vez de responder, solo pude arquear la espalda cuando su otra mano agarró mi pecho. El masaje con dedo se convirtió en algo más cuando metió dos, y yo, la que juraba que no iba a ceder, terminé gimiendo su nombre como una perra en celo. "Parece que alguien necesita más que un masaje", dijo él con voz ronca, y yo solo pude asentir, porque mi coño ya estaba pidiendo a gritos que me empotrara de una vez.