Recepcionista de hotel me empotra el culo con su polla negra
Desde que entré a ese hotel en Medellín supe que algo no andaba bien, pero cuando vi su sonrisa de negro bien dotado y sus manos enormes sobre el mostrador, mi coño se humedeció al instante. Él notó mi mirada de puta desesperada y me guiñó un ojo mientras sus dedos gruesos acariciaban el borde de su pantalón ajustado, dejando ver la silueta de su verga monstruosa palpitando bajo la tela. Sin decir ni una palabra, me arrastró a la habitación trasera, cerrando la puerta con un golpe seco mientras sus labios carnosos se pegaban a los míos, robándome el aire con un beso que sabía a cerveza barata y deseo sucio. Me empujó contra la pared, arrancándome la blusa de un tirón y liberando mis tetas grandes que rebotaron al ritmo de mis gemidos ahogados, mientras sus manos ásperas me apretaban las nalgas hasta dejar moretones. Con un gruñido gutural me dio la vuelta, arrancándome el tanga de encaje con los dientes y escupiendo saliva espesa sobre mi coño mojado antes de enterrar su lengua gruesa entre mis pliegues, lamiendo hasta dejarme temblando y con las piernas a punto de doblarse. Pero no era suficiente, así que me puso a cuatro patas sobre la mesa de registros del hotel, con el culo en pompa y el coño goteando de tanto jugo, mientras él se desabrochaba el cinturón con calma, dejando al aire su polla negra, venosa y reluciente que apuntaba directo a mi entrada ansiosa. Sin preámbulos me empaló de un solo envite, clavando hasta el fondo con un golpe seco que me hizo gritar tan fuerte que casi se me sale el alma, sus bolas enormes golpeando mis muslos con cada embestida brutal mientras su sudor caía sobre mi espalda y sus gruñidos de animal me decían que no pensaba parar. El sonido de nuestros cuerpos chocando era obsceno, mis tetas rebotando sin control, mis uñas arañando la mesa de madera mientras él me llenaba el coño con sus dedos para apretar más mi canal y hacerme sentir cada centímetro de su carne oscura estirándome hasta el límite. Cuando ya no pude aguantar más, me corrí con un alarido que resonó en todo el hotel, mi coño ordeñando su verga sin piedad mientras él se vaciaba dentro de mí con rugidos animales, descargando chorros espesos y calientes que resbalaban por mis muslos y se mezclaban con mi leche, dejando un charco pegajoso en el suelo que olía a sexo sucio y a victoria. Antes de que pudiera recuperar el aliento, me dio la vuelta, me abrió la boca y me metió su polla empapada de nuestros fluidos, obligándome a chupar hasta dejarla reluciente mientras me escupía en la cara y me susurraba al oído que ahora era su putita del hotel, y que volvería a buscarme cuando cerrara su turno.