Te conviertes en la mascota sexual de tu padrastro
—No aguanto más, necesito que me llenes— susurró mientras se mordía el labio, sabiendo que cada gesto la estaba volviendo loca. Te la agarra de las caderas con fuerza, sintiendo cómo su coño apretado vibra contra tu polla, mojado y listo para recibirte. La tienes de espaldas contra la pared, sus tetas grandes rebotando con cada embestida, y te encanta cómo gime cuando la penetras hasta que sus muslos tiemblan. Le chupas esos pezones duros mientras la empujas más profundo, sintiendo cómo su calor te atrapa entero. La haces arrodillarse para que te la chupe, y te la tragas hasta la garganta, sintiendo cómo su lengua juguetona te vuelve loco. La vuelves a subir, la empotras en el sofá, y sus uñas se clavan en tu espalda mientras grita que no puede más. Le das la vuelta, le abres el culo y la metes de una estocada, sintiendo cómo su cuerpo se estremece de placer. La tienes al borde del orgasmo, temblando, hasta que no aguanta más y se corre contigo dentro, gritando tu nombre. Pero lo más excitante es la mirada de Tommy Pistol, que desde el rincón no pierde detalle, con la mano en la polla, imaginándose lo siguiente.