Verificación caliente con la vecina que manda
Esa tarde en el pasillo, te voy a contar cómo la vecina de abajo me miró con esos ojos de puta hambrienta mientras yo llevaba las bolsas de la compra. Sabía que quería mi polla desde que me vio sudando en el ascensor, y esa vez no se aguantó: me agarró del brazo y me arrastró a su apartamento sin decir ni pío. En cuanto cerró la puerta, me empujó contra la pared y me bajó los pantalones de un tirón, metiendo la mano para apretarme los huevos mientras me susurraba al oído que no aguantaba más sin probar mi verga. Le dije que si quería mi leche, tendría que chupármela primero como una buena perra, y se arrodilló al instante, abriendo esa boca de puta para tragarse mi polla hasta el fondo. Le tiré del pelo mientras me la mamaba, obligándola a mirarme a los ojos cada vez que se atragantaba con mi verga, y cuando ya no pude más, la levanté de un golpe y la tiré sobre la cama, levantándole el vestido para ver ese coño goteando. Le metí los dedos primero, moviéndolos en círculos hasta que empezó a gemir como una loca, y luego le di una nalgada que la hizo saltar. La puse a cuatro patas y le clavé la polla de una estocada, sintiendo cómo su culo apretaba mi verga mientras la empotraba sin piedad. Cada vez que me hundía en ella, le preguntaba si le gustaba que la tratara como una puta, y ella solo podía gemir 'sí, sí' entre lágrimas. Cuando sentí que me venía, la saqué y le corrí toda la cara, pintándola con mi leche caliente mientras me miraba con esos ojos de sumisa. La próxima vez, te juro que la voy a atar y hacerle rogar por cada gota.